A cincuenta años del golpe cÃvico militar hoy más que nunca es necesario hacer Memoria, Verdad y Justicia porque no debemos dejar impune el accionar genocida de la dictadura.
La escuela es un espacio que podemos utilizar porque cuando los chicos y las chicas, en lo posible, escuchan y ven a los protagonistas de esos hechos históricos SIEMPRE les hace un clic en su vida, porque escuchar esa parte de la historia por parte de quienes lo vivieron es muy valioso.
Ellos van a su casa y se lo cuentan a sus padres, quienes seguramente, hasta nacieron en democracia y NUNCA escucharon esta parte de la historia.
Esto que estoy contándoles lo hago desde mi experiencia personal. Recorro escuelas desde hace muchÃsimos años tanto primarias como secundarias y profesorados.
Soy sobreviviente de un centro clandestino de detención (CCD), de la ciudad de Rosario, y hablo desde lo que he vivido y de lo que han vivido mis compañeros y mis compañeras que hoy no están; narro el horror, NO desde la morbosidad, sino desde la solidaridad, el amor y la ternura que nos dábamos entre nosotros antes y después de la tortura. Porque tenÃamos muy en claro, por convicción militante, que NADIE SE SALVA SOLO.
Tuve la suerte de ser puesto a disposición del PEN a los 4 meses de mi secuestro y me trasladaron a la cárcel de Coronda donde el régimen carcelario era muy duro. PermanecÃamos 23 horas 45 minutos encerrados en una celda, individual, de 2 x 3 mts, teniendo un recreo diario, siempre que no lloviera, de 15 minutos. Los recreos eran caminar uno detrás del otro, sin hablar. SalÃamos al recreo por piso y por ala, es decir que nunca salÃas con los de otro piso ni tampoco con el ala de celdas que estaban frente a la de uno.
Narro el horror desde la solidaridad, el amor y la ternura que nos dábamos entre nosotros antes y después de la tortura.
La celda tenÃa una cama, un lavabo, un inodoro, una mesa y un banco, un plato de lata, cuchillo y tenedor de lata y jarro también de lata. Estaba prohibido hablar por la ventana, no existÃa mate, revistas, hacer gimnasia. Todo estaba prohibido y TODO eso lo hacÃamos a pesar de la prohibición porque nos habÃamos organizados.
Cada vez más presente que nunca aquello del que NADIE SE SALVA SOLO.
Desde la ventana pudimos organizar dar clases de Historia, PsicologÃa, Literatura española, FilosofÃa, EconomÃa polÃtica que ser retransmitÃa de ventana a ventana, esto era de lunes a viernes.
En los momentos en los que no dábamos clase, hablábamos o con quien estaba en la celda de al lado o en la del otro piso.
Yo tuve a un compañero que estaba en la celda de arriba con quien conversaba y asà vivà un año hasta que me cambiaron de pabellón; a ese compañero lo conocÃa con el sobrenombre de “Correntino” y él a mà por “Pacho”, nunca le vi la cara ni supe su nombre verdadero.
Después de 40 años escribà en Facebook “Correntino te estoy buscando” donde relataba todo esto. El Correntino apareció al cuarto dÃa de la publicación. Su nombre Miguel Almenar. Lo busqué en la guÃa telefónica, vivÃa en la ciudad de Corrientes, lo llamé un domingo al mediodÃa:
- Hola, ¿Miguel?
- Si ¿quién habla?
- Soy Pacho Reydó (silencio)
- El único Pacho que conozco estuvo conmigo preso en Coronda, pero no conozco su apellido.
HabÃan pasado 40 años y los dos nos tenÃamos presente sin habernos visto las caras, sin conocer nuestros nombres verdaderos, conocÃamos todo lo importante de nuestra vida familiar y el lazo que habÃas forjado en nuestro cautiverio fue tan fuerte, de tanta solidaridad y amor que la dictadura no pudo quebrar.
Otra prueba más de aquello NADIE SE SALVA SOLO.
Dar a conocer estas historias, por los que la protagonizaron, pegan muy fuerte en nuestros estudiantes porque ellos después la trasladan a otros y otras y es en ese momento que se plasma la HISTORIA ORAL, la historia que no está en los libros, la historia que el sistema no quiere mostrar y que nosotros, docentes tenemos la posibilidad de construir.
El mejor homenaje que podemos hacerle a nuestros 30.000 es mantenerlos vivos contando sus proyectos, sus sueños, su entrega y su enorme amor al prójimo.
EL AUTOR